Las tradiciones no desaparecen de un día para otro. Se van diluyendo lentamente cuando dejan de practicarse, cuando no se transmiten o cuando pierden sentido para las nuevas generaciones. Salvaguardar el patrimonio cultural no significa congelarlo en el tiempo, sino permitir que siga vivo, adaptándose sin perder su esencia.
En comunidades rurales y periurbanas, las artesanías, la gastronomía y los oficios tradicionales son mucho más que expresiones culturales: son formas de vida, memoria colectiva y, en muchos casos, la base de la economía familiar. Sin embargo, cuando estos saberes no se documentan ni se fortalecen, corren el riesgo de desaparecer.
Proyectos como Evolución y Esencia parten de una premisa clara: proteger las tradiciones implica escucharlas, valorarlas y darles herramientas para dialogar con el presente. La formación en fotografía, contenidos digitales, emprendimiento y organización comunitaria no busca reemplazar los saberes ancestrales, sino ayudarlos a mantenerse vigentes en un mundo que cambia rápidamente.
