Durante años se ha hablado de la brecha generacional como un problema. Sin embargo, en los territorios, esa brecha puede convertirse en una de las mayores fortalezas si se crean espacios reales de encuentro y colaboración.
Los adultos mayores son portadores de saber: conocen las historias, los oficios, las recetas, las técnicas y los significados que dan identidad a una comunidad. Los jóvenes, por su parte, aportan nuevas miradas, energía, habilidades digitales y formas distintas de comunicar. Cuando ambos trabajan por separado, el legado cultural se fragmenta. Cuando se articulan, se fortalece.
En el marco de Evolución y Esencia, los espacios intergeneracionales han demostrado que el diálogo entre generaciones no solo es posible, sino necesario. Jóvenes aprendiendo de sus mayores y adultos mayores apropiándose de nuevas herramientas para contar su historia generan un intercambio poderoso, donde nadie reemplaza a nadie.
